Cuenta la canción #2: Recuerda me, te necesito.

Queridos Kerochers, les dejo mi parte del concurso je,je. Ya me dirán que les parece. Les dejo la canción para que se ambienten. Cuiden se, les quiero.

 

http://http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=8c9hKShV5dw

Me sentía torturada por la agonía del olvido. Yo ya no existía para esta persona a la que amaba, ya no estaba allí para ella en persona pero sí en presencia.

-Recuerda me, di mi nombre, nombra me.-susurré en mi forma espectral. Ir al pasado era siempre tan doloroso.- Quiero hablar contigo…por favor…di mi nombre, reconoce que estoy aquí.-
Mi abuela no respondía, mi antecesora de joven seguía a lo suyo, peinando su casta melena morena en un moño y acicalándose para conocer a su esposo.
-Di mi nombre.- toqué su mano y noté como se puso rígida, dejó su peine a medio camino de su cabellera y se miró a sí misma en el espejo atónita.
-¿Qué son estos recuerdos? ¿De quién vienen?- dijo estupefacta mientras cerraba los ojos y respiraba suavemente.
-Si los ves….Di mi nombre, abuela dilo. Te necesito.- susurré. La única manera que tenía de hablar con ella era que dijera, aludiera o adivinara mi nombre de alguna manera para establecer alguna conexión. Ella suspiró y dijo:-¿Quién es esa niña de melena rubia? ¿Por qué está en la parte de atrás de mi patio? ¿Quién es ese jovenzuelo que me llama “mamá”? ¡Dios, estos colores son tan vividos!-
Esbozó una sonrisa melancólica con sus labios pintados de carmín rosa y de alguna manera pareció recordar que era lo que estaba haciendo, soltó el cepillo para coger alguno de sus potingues de marca francesa y empezó a aplicárselo con esmero sin apartar la mirada de su cara pero quitando su mano de la mía.
-Abuela…-Mi corazón dolía con su hermosura, jamás la conocí así: mejillas sonrojadas, piel tersa y pálida, melena larga casta y morena en un fuerte moño apretado, su cuerpo parecía frágil, tal y como sería el de una hada del bosque. Aquí parecía inocente, ajena a los daños, a la hostilidad, no se parecía en nada a la abuela que yo conocí. Una mujer fuerte con carácter y siempre defendiendo lo que más quería. Una mujer que la daba igual su apariencia mientras tuviera con que hacer feliz a cuantos la rodeaban, una mujer de la que uno se podía enorgullecer y decir: “¡Esa es mi abuela!”; pero ya no, la perdí, apenas cumplía yo 11 años cuando pasó. 
Justo en mi cumpleaños fue que mi abuela nos abandonó dejando un gran pozo de vacío y consternación en nuestros corazones. Ella era mi mejor amiga por excelencia, la sabiduría hacia de mi abuela una de las personas más cultivadas y respetables que alguien pudiera conocer con los tiempos que corren. Todo lo referente a mi abuela me provocaba una gran paz en mi alma pero, ahora, sólo quedaba la tristeza y el desamparo que queda tras perder a tu mentor. La única persona que no querrías que pereciera y que lo hizo. Echo que me llenaba de un odio casi abrumador por el tiempo y todo lo que corrompía.
-Abuela…- 
-¿Qué quieres querida?- me sorprendí al oír sus palabras ¿me había escuchado? ¿Por fin podía hablar con ella?
-¡Abuela!- casi salté cuando una chica sonrojada tanto que se confundía con su pelo entró en la habitación, contestó a la pregunta de mi antecesora, cogió un brebaje ofrecido por mi abuela y se fue, tal y como vino, sin aviso.
-Esta mujerzuela nunca aprenderá.- rechistó mi abuela mientas hinchaba sus mejillas antes de aplicar una capa de colorete que a mi parecer era innecesario.
-Abuela…te necesito…-toqué de nuevo su mano en busca de una reacción y la única que recibí fue que ella automáticamente cerro sus ojos mientras susurraba “otra vez…”.
Intenté proyectarme en su mente. “Vi una pradera verde teñida de rosa por el atardecer, gaviotas volando en el horizonte hacia el ocaso, mis pequeñas manos sonrosadas me indicaron la edad que tenía en ese recuerdo: unos  7, mi pelo rubio estaba en dos coletas a cada lado de mi cabeza alcanzando con sus puntas mis caderas, un vestido azul claro y zapatitos blancos. Contemple la figura de mi abuela tumbada bajo un gran abeto de hojas verdes con los ojos cerrados y en lo que parecía una profunda calma. Me acerqué sigilosamente, quería sorprenderla, hacia mucho que no la veía y era mi persona favorita de todas las que me rodeaban, antes de dormir era la única que me contaba historias divertidas, besaba mis mejillas y me arropaba con gran cuidado.
Sigilosamente emprendí una caminata en su dirección, bordee el árbol y salté a su regazo. Ella se sobre saltó pero rió al verme y besó mis manos que habían quedado a la altura de sus labios.
-¡Abuelita, te he echado de menos!- la abracé con todas mis fuerzas, ella respondió al abrazo entre risotadas.- ¡Te quiero muchíiiisimo!-
Ella me apartó débilmente y dijo que ella también lo hacía mientras una lágrima escapaba de su ojos, de repente demasiado tristes.
-Abuelita…- La abracé más fuerte no la quería volver a dejar sola, para mí era como mi madre. Una persona muy especial.”
La visión terminó. Los ojos de mi abuela estaban rojos y se secaba la nariz con un pañuelo de tela extraído de uno de los cajones. Ella lloraba, sorbía por la nariz e intentaba en vano hacer que su maquillaje se conservase.
-Esa niña…- un gimoteo ahogado escapo de su garganta.
-¡Ya casi lo tienes abuela!- la esperanza afloró en mi pecho, puse mi mano sobre la suya pero ella con expresión de dolor la apartó como si fuera veneno. Su cara se contorsionó y abandonó la habitación.
Me abandonó a mí. Empecé a llorar contemplando como mi alma se difuminaba y regresaba a mi tiempo, a mi cuerpo. Allí estaba yo, con 22 años, tirada en el salón de mi piso llorando por lo que había perdido y deseando recuperar mis fuerzas para volverlo a intentar. La necesitaba de verdad.

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Acerca de Nekalice

Me llaman Nekalice, me encanta escribir y compartir mis escritos, todo tipo de música excepto flamenco, adoro leer, comer las comiditas de la abu que son muy sabrosas y domir. ¡Espero que les guste el blog y lo compartan con todos sus amigitos! ¡Besitos!
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