Expresso y suspiros.

El café se hizo con el golpe de la última gota sobre mi taza. Su olor penetrante inundó mís sentidos, cegándolos, con la promesa de su sabor. Suspiré feliz. Se acabaron las caminatas apresuradas bajo la lluvia, el cansancio tras el sueño, el nerviosismo en el trabajo, el mono de calor cuando hace frío, y todo terminó con esto: una cafetera que compré con el sueldo de dos meses.
Mi trabajo no es nada del otro mundo. Organizó el papeleo de un completo idiota hijo de mamá. En realidad me encanta mi trabajo pero cuando aguantas las tontunas de un niño pijo, la verdad es que no es demasiado fácil renunciar y dejarlo todo.
Tomo el primer sorbo de mi taza. El líquido caliente inunda mi paladar relajando mi cuerpo con su calor. Mi perra, Kika, aparece ladrando por la esquina exigiendo mi atención. Me agacho y acaricio sus orejas. El pelaje de un color blanquecino reluce bajo los focos de la cocina. Podría decir que por su expresión es la perra más feliz del mundo pero, de pronto, su postura se vuelve defensiva y desaparece ladrando en dirección a la puerta de la casa. El timbre suena, me retuerzo en dentro de mi camisa y me dirijo hacia la entrada, cojo una bata de la entrada, me la pongo (para cubrir mís piernas y ropa interior) y abro la puerta.
Quedo estupefacta al ver cual es la persona que me espera del otro lado. Esto es completamente inconcebible. Mi jefe, Paulo Riccione, un italiano rico de pelo negro, ojos del profundo color del mar tras una tormenta, ese azul tan rico que sin una palabra te hace sentir en calma. Su cuerpo es tan escultural que parece un adonis. Lástima, tras su apariencia se esconde el alma de la persona más ruin del universo.
-Reneé, tíenes que escucharme.- dice acalorado mientras la lluvia cae sobre su cuerpo, manchado su apariencia siempre segura. Suspiro, quiero llorar pero no debo, no lo haré. Parpadeo para que las lágrimas amenazantes no salgan y dejo que entre en la casa.- Gracias.-
Le dirigo hacía la cocina y le ofrezco un café. Él asiente hundido en el asiento frente de mí y suspira.
-Reneé…-
-Calla. No quiero tus disculpas. No quiero tus falsas promesas, tus recuerdos en marallados y tus falsas palabras de amor. Sólo quiero que desaparezcas.-
-Pero Reneé, tíenes que darme otra oportunidad. Por favor.- súplica. Cierro los ojos, no pienso perderme otra vez, no pienso ser parte de sus juegos enrevesados en los que siempre sufro y nunca gano.
-No. Entre nosotros ya no hay confianza. Puedo soportar trabajar para ti, tolero tus insinuaciones y tus exigencias baratas pero… Te lo voy a poner fácil. ¿Alguna vez escuchaste la canción de Roxanne? La normal no, la del Moulin Rouge.-
El niega y yo sonrió. Ahora se que es lo que quiero.
-Muy bien. Al principio de ella uno de los cantantes hace una pequeña entrada y dice: “Cuando el amor se vende al mejor postor: no hay confianza; y sin confianza no hay amor.” Y esto querido amigo es lo que pasa entre tu y yo.-

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Acerca de Nekalice

Me llaman Nekalice, me encanta escribir y compartir mis escritos, todo tipo de música excepto flamenco, adoro leer, comer las comiditas de la abu que son muy sabrosas y domir. ¡Espero que les guste el blog y lo compartan con todos sus amigitos! ¡Besitos!
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