Relato: Jaque Mate

¡Hola Kerochers! El 09 de Febrero se abrió en el foro Addictive Lily el primer concurso de Relato Libre. Este concurso consiste en escribir un relato sobre cualquier cosa, sin límite de palabras, caracteres, temáticas, nada. Completamente libre y yo escribí éste relato, Jaque Mate, para participar.

Acá se los dejo para que lo lean y me encantaría saber vuestra opinión.

Jaque Mate.

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El ajedrez siempre había sido más que un juego para Elisa.

Cada movimiento era un mensaje, cada contraataque era una respuesta a una pregunta que quizás el otro contrincante ni siquiera había formulado y cada victoria en el tablero era una victoria a mayor escala en la vida real.

Con quién más le gustaba jugar era con su hermano mayor. Robert era tan fiero jugando al ajedrez como lo era al discutir. Pero cuando discutía cometía estupideces, guiado por la ira y la impaciencia. Frente al tablero era diferente. Sopesaba cada movimiento como quién sopesa la decisión que definirá su vida, pensaba, meditaba y jamás terminaba el juego sin que él hubiera presentado una batalla que le pareciera digna.

Cada juego entre Elisa y Robert parecía decidir un aspecto de sus vidas. Como cuando Elisa decidió que era lo suficientemente mayor para salir de casa y volver más allá de la medianoche. A los padres de Elisa no les importaba en lo más mínimo lo que su hija hiciera, pero a Robert si le importaba. Y después de tres horas, que parecieron eternas dónde un juego de ajedrez se disputó en la habitación de Elisa, la muchacha salió furiosa de la casa. Nadie conocía el resultado del juego, pero asumieron que Robert había sido el ganador cuando Elisa volvió antes de la medianoche ese día. Y siguió volviendo antes de la medianoche por tres años más.

Ninguna decisión se tomaba entre los hermanos sin que las piezas se pusieran sobre el tablero. Cada movimiento era una declaración, cada contraataque una condición, cada pieza una persona.

Las partidas fueron cada día más seguidas y a la vez cada día más feroces. Dejaron de ser disputas, comenzaron a ser guerras. Dejaron de ser victorias temporales, comenzaron a ser victorias eternas. Quién ganaba la partida, ganaba más poder. Quién ganaba control en el tablero, ganaba control en la vida del otro.

La vida empezó a tornarse partida y una partida se convirtió en la vida.

Pero los hermanos notaron que las partidas siempre terminaban. La vida no. Seguía y seguía y ellos empezaban otra partida que eventualmente también llegaba a su fin. Y se dieron cuenta que las partidas eran efímeras pero la vida les parecía eterna. Infinita y abrumadora. No importaba cuántas partidas jugaran.

En el tablero, un jugador vencía, otro perdía. En la vida eso daba igual. A veces ganaba ella, a veces ganaba él y de todas formas no hacía ninguna diferencia. No importaba quién ganaba o perdía, no importaba que piezas se perdían, no importaba si el Rey estaba a salvo o no.

Pero un día decidieron que de ahora en adelante, iba a importar. Cada pieza era una persona, cada movimiento una acción y cada hermano era un Rey.

Así que colocaron el tablero, acomodaron las piezas y dieron inicio a otra partida de ajedrez.

Ésta era diferente. Ésta partida no era como las otras…, porque ambos sabían que ésta partida sería la última.

Elisa jugó con las piezas blancas, Robert jugó con las piezas negras y el juego comenzó. Movimiento tras movimientos, el juego avanzó a una velocidad tortuosamente lenta, pero ambos lo querían hacer durar. Ah, habían sido en realidad tan insignificantes los juegos hasta ese momento. Hasta ese juego.

La primera pieza en caer fue un Alfil blanco, derribado por una torre. Elisa apretó los labios en una fina línea y miró a su hermano con impotencia. Había sido descuidada, obsesionada por atrapar a la Reina lacada en negro de Robert, y su impaciencia le había costado una pieza. En un juego normal no le habría importado tanto…, pero, oh, este era tan diferente.

Robert se levantó, cogió el cuchillo que tenía en la mesilla al lado del tablero y salió de la habitación. Elisa escuchó el grito de su Tía Alicia y apretó los puños. El Alfil blanco del lado derecho había caído. Tía Alicia era su Alfil blanco del lado derecho. Si el Alfil caía, la pieza moría. Tía Alicia tenía que morir.

Y luego le siguió el Tío Edmund. Después su prima Gabrielle y también el gato de su hermana, Bigotes. Las piezas caían, Robert se levantaba, el cuchillo encontraba su objetivo y una persona más moría.

Les había costado tanto atraparlos a todos. Todas las piezas se habían resistido, pero ahora allí estaban. Cada una en una habitación, encerradas, esperando el desarrollo del juego. Y Robert se había levantado tantas veces.

Jugaba de forma implacable, letal como siempre. Estaba sumamente concentrado, empeñado en proteger una pieza en particular…, la misma pieza que Elisa se esmeraba en tener. Pero Robert sabía que cuando Elisa quería algo, incluso en el ajedrez, lo obtenía.

La Reina. La Reina de Robert cayó a manos de la única Torre que le quedaba a Elisa y le regaló una sonrisa ladina a su hermano antes de ponerse de pie. Tomó el cuchillo con parsimonia, Robert cerró los ojos y su hermana se dirigió por el pasillo hacia la Reina.

Robert amaba tanto a su Reina. Era una muchacha joven, un par de años más joven que Robert, y era hermosa. Una muchachita hermosa e inocente. Elisa creía que era estúpida, Robert no lo pensaba así. Y la muchachita lo amaba tanto a él también. Se desvivía por Robert. Había aprendido a no interrumpir sus partidas de ajedrez, a no toquetear sus piezas, a no molestarle cuando planeaba una estrategia. Sí, era una muchachita bien entrenada y Robert la adoraba.

Pues lástima, su pieza había caído y la muchachita tenía que caer también.

Mientras Elisa hendía el cuchillo en la tierna piel de su vientre, y el grito de dolor y de desesperación de la muchacha retumbaba en sus oídos, le pareció oír el grito de Robert. Un grito lleno de dolor y arrepentimiento. Un grito que había llegado demasiado tarde. La muchacha cayó al suelo con un ruido sordo y la sangre comenzó a regarse en el piso con cada lento y desesperado latido de su corazón. Un charco carmesí que creció y creció.

Elisa lo observó, absorta en la partida que tendría que continuar, y cuando estuvo segura que el corazón de tan bella chica ya no latía, volvió junto a su hermano con el cuchillo en mano.

Robert la recibió con una mirada tan llena de odio que Elisa se estremeció. Sólo lo había visto así de enojado un par de veces en su vida, y nunca frente al tablero de ajedrez. Pero estaba allí, la inconfundible mirada de odio. Y donde estaba el odio ciego, también estaba la estupidez y la impaciencia.

Y se condenó.

El Rey de Robert cayó, cuatro movimientos más tarde, en un irrevocable Jaque Mate.

Robert no tenía más remedio que tomar el cuchillo, alzarlo y clavárselo en el pecho pues había sido su propia estupidez lo que lo había condenado, no el ingenio de Elisa. Perdiste, hermanito, pensó Elisa. Perdiste.

Pero para cuando el cuerpo de Robert yacía lánguido en la silla, recostado sobre el tablero ahora inútil, desprovisto de toda vida, Elisa no podía dejar de pensar:

Perdí, perdí, perdí.

Angeline.

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Acerca de madlyfearless

XV. Escritora y lectora. «Don't look down, you'll fall down»
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